
Mi última experiencia teatral, Lazarillo de Tormes, ha sido la gota que ha colmado el vaso para que no haga de nuevo teatro en esta isla. La vez anterior estuve quince años en volver a montar una función, en esta ocasión espero no volver nunca.La obra ha sido un fracaso en toda regla. O la gente no está acostumbrada a verme dirigir clásicos o es que la crisis ha llegado al teatro. No me refiero a Maribel Verdú, que lleno con Un dios salvaje, ni a Emilio Gutierrez, que estuvo dos días de los cuales no llegó nunca a llenar media platea, pero no bajó de cuatrocientas personas. Más o menos lo mismo que el gran Boadella.
Soy un hombre de teatro. A los dieciocho años escribí mi primera obra: Los comediantes de la vida, y la estrené en el Auditorium de Palma animado por don Marcos Ferragut. Estudié teatro durante tres años bajo la dirección de Trino Trives. Poco después cree el primer café-teatro de la isla: Babel's, donde representábamos obras cortas de autores prohibidos con Franco. He recorrido varias veces España como actor con varias compañías, he sido coprotagonista en Sola en la oscuridad, en el Teatro Real Cinema de la plaza de la Ópera de Madrid, dirigido por Ricard Reguant (Chicago, Gease, Cantando bajo la lluvia); he dirigido mi obra Marlene, con Juan Carlos Naya y Fernando Acaso de protagonistas, en el Teatro Mayor de Madrid, permaneciendo cinco semanas en cartel, etcétera.
Con esto quiero decir que llevo más de treinta años viviendo del teatro y he pisado la mayoría de escenarios de este país, pero nunca en mi vida he encontrado una plaza tan mala como Mallorca.
Cuando empecé a hacer teatro como profesional, oí decir que nadie quería venir a Mallorca porque era una plaza muy mala. La gente no iba al teatro, decían. Y yo no me lo creía. Ahora, a mis cincuenta y seis años me doy cuanta de que no ha cambiado nada. Los mallorquines no van al teatro (excepto Xesc Forteza, las Diabéticas aceleradas y el Casta), no están educados para ir al teatro. Aquí están educados para hacer hoteles, discotecas y restaurantes, y no lo digo en plan peyorativo.
Un ejemplo son los colegios. Los profesores o la política de los centros de enseñanza, pasan de teatro olímpicamente. Luego nos quejamos de que la juventud es idiota. No podemos exigirles nada porque nosotros también lo somos.
El teatro es parte de nuestras vidas, por eso siempre se escribirá con letras mayúsculas en la historia de la humanidad. Es el vivo sentir de la comunicación con los demás y debería ser una asignatura más en los colegios, como son las matemáticas o la gramática. En el caos del mundo en el que vivimos, necesitamos sentirnos acompañados por alguien, que subido a un escenario, nos regale la poesía de su voz y la historia cómica o dramática de un dramaturgo que refleja la vida misma, la que a veces no queremos ver, pero que está ahí. Nuestra obligación es combatir, abrir una nueva vía en apoyo de una de las vigas maestras de nuestra cultura: el teatro. Si profundizamos nos daremos cuenta de que el teatro es una cuestión de fe, que exige creyentes. Podrán ser muchos los experimentos, las búsquedas de nuevos modos expresivos, tan esenciales para el mundo escénico, pero su verdadera fuente siempre será la vida, dicho así, con mayúsculas. Y eso lo entiende perfectamente yo, un hombre de teatro con una trayectoria más que suficiente para que merezca respeto y admiración en este desolado mundo cultura mallorquín, desgraciadamente en manos del PSM, que es como un cáncer para la cultura.
En Lazarillo de Tormes he contado con cuatro actores de los mejores de la isla: Lola Paniza, Joan Ferragut, Pepe Gaonzáles y Martín Garrido. Y lamentablemente nadie de ninguna televisión ni de ninguna compañía ha venido a verlos, ni siquiera los patéticos críticos de los periódicos se han diganado a aparecer para hacer la crítica correspondiente. Ahora, eso sí, cuando viene la Verdú, el Gutierrez Caba o el Boadella, corren a pasar gratis al teatro. Y nunca van solos, para colmo van con novias o mujeres como Javier Matasanz (nunca sé si su nombre se escribe así), un crítico muy simpático que no se entera nunca de que va la película, pero sí se saca sus buenos dividendos editando Fancine. Por cierto, la mitad de esas revistillas van al contenedor del reciclaje. Lo he podido comprobar, de hecho escribí un artículo y me lo censuraron.
No se crea nadie que soy un resentido, ni que odio a alguna persona, todo lo contrario. Lo que sí llevo encima es una decepción tremenda. Y para qué engañarnos, esto nunca cambiara, siempre seremos La isla de la calma, y en la peninsula nos seguirán conociendo por eso, no por nuestra cultura. La prueba está a la vista.
En la foto está Serafín Guiscafré, el primer gerente que tuvo el Teatro Principal durante el Cambio. Yo tuve la suerte de trabajar con él y tener una larga relación que aún dura. Y recuerdo que siempre nos decía que a los mallorquines había que educarlos para ir al teatro, que no bastaba ir a ver a Xesc Forteza, que había otro teatro mucho mejor y más interesante. Por eso su política en el Teatro Principal era traer compañías buenas sin importarle la lengua en que estaban interpretadas.
El teatro es universal, sin barreras -decía-. No podemos dar la espalda a Valle-Inclán, Lorca, Buero Vallejo porque escribían en castellano. Sería un crimen. ¡Cuánta razón tenía el hombre!
Serafín Guiscafré también es un hombre de teatro, como yo, que está a años luz de los mediocres que dirigen los teatros en Mallorca.